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viernes, 1 de marzo de 2019

Ciclismo en femenino. Experiencias: La bici me ha dado la capacidad de superarme

La experiencia de Pilar

Estamos de nuevo en el mes de marzo, el tiempo vuela, y queremos retomar, en este ya no tan nuevo 2019, la serie de ciclismo en femenino. Celebrar un año más el día de la mujer. Aprovechar este mes para compartir las experiencias de algunas de nuestras enbiciadas que se han animado a contarnos cómo y qué viven con la bici.

No se trata de hacer diferencias, porque nos gustaría que cualquiera se animase a apuntarse a una de nuestras rutas, sea hombre o mujer. Pero es cierto que somos menos enbiciadas que enbiciados en general en las rutas, y son ellas las que tienen más dudas a la hora de dar el primer paso y atreverse a probar. Ya sea con nosotros o por su cuenta.

Así que este mes, nos gustaría poner el foco en ellas. Animar a todas esas ciclistas en potencia que se lo están pensado, a aquellas que ya salen en bici pero miran con envidia las rutas por la sierra, y a cualquiera que siga el blog y siga teniendo dudas. Os dejamos aquí la experiencia de Pilar. Esperamos que la disfrutéis, aunque es difícil que tanto como lo hace ella de las rutas.

La bici me ha dado la capacidad de superarme 




Dime cómo eres y te diré cómo pedaleas, es una frase que he escuchado por ahí y me gusta. Así que, empezaré por presentarme. Soy tímida y un poco insegura, prefiero analizar el entorno y, una vez lo tengo más o menos controlado, me empiezo a soltar. Por lo general, me gusta pasar desapercibida y no llamar demasiado la atención. Antes de hacer algo, tengo que tener claro que puedo, porque no me gusta dejar las cosas a medias. He de reconocer que siempre he sido un poco vaga y todo lo que oliera a deporte me daba un poco de alergia. Así que os preguntareis, ¿¿cómo con este perfil me ha dado por ir en bicicleta??

Como mucha gente, aprendí a montar de pequeña. Incluso recuerdo salir en bicicleta con mi padre los domingos, hasta que la pereza llegó a mí. No fue hasta unos 20 años después, cuando volviendo de unas vacaciones de lo más relajadas y sedentarias, se me ocurrió comentarle a mi pareja: “Mi hermano tiene una bicicleta parada en casa de mis padres, ¿y si se la pido para dar algún paseíto por Madrid?”. Él ya salía en bici de vez en cuando y yo, en ese momento, no tenía más aspiraciones que dar un paseo los domingos por la mañana en el Madrid Río.

Así fue. Le pedí la bicicleta a mi hermano que, amablemente, me la cedió, para que yo la moviera del garaje de mis padres hasta mi trastero, donde estuvo parada algunos meses. Hasta que, por fin, llegó el día: primera toma de contacto por la Dehesa de la Villa para ver si me acordaba. ¡Perfecto! Eso que dicen es cierto, ¡montar en bici no se olvida! Ese día pasó felizmente y, semanas después, vino lo duro: 16 agónicos kilómetros entre el barrio de Tetuán y algún lugar cerca de Príncipe Pío. La idea era dar una vuelta por la casa de campo pero no pudimos ni llegar, mis piernas no daban para más y el corazón me iba a mil.

Así comencé a salir de vez en cuando: Casa de Campo, anillo ciclista, El Pardo e incluso Madrid-Aranjuez, y cada vez me iba sintiendo mejor.

Un día, sin darme cuenta, me planteé mi primer reto: quería hacer una ruta de más de 1000 metros de desnivel. Creía haber conocido lo que era la distancia con el Madrid-Aranjuez (después de salir con los enbiciados me he dado cuenta de que eso no es distancia) y ahora quería saber lo que era hacer una ruta con desnivel, todo lo que había hecho no ascendía a más de 700 metros. Para conseguir esto, hay que salir de Madrid y conocer la Sierra. Buscando rutas, llegamos a la primera ruta serrana que elegí yo: Ruta de los tres Valles por el carril del gallo.


 
Ilusa de mí, quería una ruta de más de 1000 metros y ésta me parecía buena opción porque sólo eran 43 kilómetros. Tengo que decir que he aprendido a analizar un poco mejor el perfil de una ruta, aunque prefiero no mirarlo. Sufrí como nunca había sufrido hasta querer llorar; a su vez, disfruté como una enana y esa sensación de terminarla me hizo querer más.

Así fue como llegué a enbicipormadrid. La Casa de Campo y el anillo se nos habían quedado pequeños, la sierra nos había gustado y queríamos explorar nuevos caminos. Mi pareja ya conocía el blog y me animó a salir en grupo para conocer rutas y no salir solos.

Ese verano, 2017, no nos apuntamos a ninguna ruta ya que yo aún me negaba a salir con gente; a estas alturas del curso ibais demasiado avanzados para mí. Además, me daba pavor quedarme la última, que me tuvieran que esperar, tener que bajarme en una trialera y todos los demonios que nos atormentan a muchas antes de apuntarnos a cualquier ruta. Os seguía en la sombra, y hacíamos algunas de vuestras rutas en diferido, yo necesitaba comprobar si realmente podía terminarlas. Ese verano incluso nos fuimos de vacaciones con nuestras nuevas compañeras de fatigas.

Pasaron las vacaciones y, con septiembre, llegó la ruta con la que nos engancháis ¡ya no había excusa! Ruta fácil: Senderos de Valmayor.



Había hecho cosas peores así que ya no me podía negar ¡nos apuntamos! La noche anterior analicé la lista, “Laura, Alaia,.. Bueno al menos hay alguna chica”. Recuerdo un poco de angustia en el tren y el corazón acelerado. Vino K-li, que nos recibió cálidamente y me tranquilizó bastante, “con ella no había contado, no sabía que su nombre era de chica”. También recuerdo a Víctor y, así, muchos ciclistas más. La ruta pasó felizmente, no sin una caída, en el único sitio un poco complicado que además Novoa estaba avisando. Pero me levanté como un resorte, “¡no me pueden ver caerme en la primera ruta!”. La siguiente también fue fácil, por lo que nos volvimos a apuntar. Ahí ya le empecé a coger el gustillo, y recuerdo mirar el blog todos los días esperando que publicaran la siguiente ruta, después me enteré que salían los jueves…

¡¡Y llegó Mordor!! Ruta de la que había escuchado hablar y que sabía que no iba a hacer. Era una ruta más técnica y explosiva, e incluía el tan temido sendero, por lo que yo estaba claramente fuera de mi zona de confort. Decidí no apuntarme pero preguntaron por mí, se habían acordado, por lo que no podía dejar de ir. Terminé apuntándome y disfrutándola sin hacer el sendero. Ahí me di cuenta que ya no había vuelta atrás, estaba realmente enganchada al grupo.

 
Y así han pasado unas cuantas rutas y algunos kilómetros, incluso algunas de las llamadas rutas épicas, en las que entrenas la cabeza, como la ruta de Alcalá de Henares a Arganda.

Ruta, aparentemente, fácil que la meteorología nos complicó. El día antes, cuando ya estaba apuntada, miré el pronóstico del tiempo y no era muy alentador, aunque siempre hay un lado positivo que te anima a salir. “Sólo dan lluvia hasta las 11”. Nada más lejos de la realidad. Salimos lloviendo y la lluvia se transformó en nieve, haciendo que el terreno se volviera complicado y poniendo así una zancadilla a la mente. “Con lo a gusto que estaría yo en mi sofá, ¿por qué estoy aquí? Tengo frío, quiero irme a mi casa…”. Cuando no habíamos hecho ni un tercio de la ruta y mi chubasquero ya empezaba a calar, recuerdo mirar Agus y pensar “él va de corto, así que no estamos tan mal”. La ruta discurrió con una lucha conmigo misma, “¿puedo o no puedo?”. Al final pude y terminamos recorriendo los últimos 45 kilómetros por la vía verde del Tajuña con un sol radiante, para llegar a Arganda con la mayor de las sonrisas y una buena historia para contar el lunes en la oficina. Este año hemos repetido la ruta con temperatura primaveral que ha hecho que sea totalmente distinta y la disfruté tanto que me animé a volver a Madrid.

 
A día de hoy estoy estrenando mi tercer año de globera y segundo como enbiciada, en el cual he hecho cosas que tenía clarísimo que no iba a hacer, como salir de casa lloviendo, ir en bici nevando o volver rondando a Madrid después de una ruta. Rutas que pensaba que no podría hacer como Madrid-Segovia y futuros retos, porque en compañía nada es imposible. Incluso, me he estrenado como ciclante, intentando incorporar la bici a algún desplazamiento urbano. Aunque ésta es una batalla que aún estoy librando, ya que los coches me empujan a sitios por donde no quiero ir y a salidas por rotondas que no son la mía, sigo buscando mi sitio en el tráfico madrileño.

La bici me ha dado la capacidad de superarme. Después de muchas horas y conversaciones internas me voy conociendo mejor y he descubierto que mis límites están mucho más allá de lo que pensaba. Ahora salgo mucho más de la zona de confort en la que me encuentro tan a gustito y he descubierto que fuera no se está mal.


Además, la bicicleta me ha permitido conocer a gente increíble, con la que de otra forma no habría coincidido, y con la que ahora comparto cada sábado. Así que gracias por organizar cada ruta.

Terminar animando a los que leen y siguen las rutas en la sombra. Si lo estás dudando, ¡apúntate! ¡Que después vas a arrepentirte de no haberlo hecho antes!


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