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viernes, 1 de junio de 2018

CICLISMO EN FEMENINO: ¿Qué hago yo aquí? Dorsal 4501

Fuencis nos cuenta su vivencia del Soplao

La semana pasada iniciamos una serie dentro de Ciclismo en Femenino de los relatos de algunas de nuestras participantes en el Soplao. Anita nos contó su vivencia del primer Soplao (Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo), haciéndonos recordar que no es un camino de rosas, pero lo que se disfruta cuando consigues tu objetivo. Y que bien merece la pena. Hoy traemos las vivencias de Fuencis, que tiró de espontaneidad, y pocas semanas antes del Soplao decidió apuntarse. La vivencia de Fuencis nos hace ver que no todo tiene porqué ser positivo, y porqué tiene tanto mérito llegar hasta el final, porque siempre puede haber malas pasadas casuales, que te dejen fuera de carrera por una auténtica tontería. Fuencis les cuenta en primera persona a los enbiciados cómo fue su búsqueda de la ruta bronce, y cómo fue la decepción de una mala indicación. Y aún así, cómo eso no empaña un gran fin de semana.

Escribo esta crónica con la alegría de haber hecho una ruta espectacular y con el amargo feeling de no haber terminado la ruta bronce, a la que me fui animando desde la propia carrera, a medida que os veía desaparecer entre la marabunta, (la última en adelantar fue Lulú, y allá que iba ella tan pancha) a medida que la gente animaba, a medida que veía que podía, a medida que seguía la rueda de K-li,  su determinación, a medida que levantaba la cabeza y me veía cada vez más en lo alto. Esa sensación es potente, oxigenante.

Las fotos se quedaron en la retina, porque el móvil no me cargó la noche anterior y tenía que dosificar, y ya sabéis que me paro a fotografiar cada curva, cada flor, cada vista que me inspira. La inspiración era llegar más y más alto.




Ya nos íbamos quedando pocos en la subida, K-li y yo íbamos reconociendo el terreno del que tanto nos habíais hablado, ya nada parecido porque no estaba ni la señora de las gominolas en la lograda curva, pero a cambio nada nos estorbaba de disfrutar una panorámica impresionante de toda la sierra recorrida, Sierra del Escudo de Cabuérniga.

Pasadas las cuevas del Soplao, empezamos esa bajada de color rojizo recuerdo, (¿la Herrería?, también soy pésima con los nombres) que no te permite levantar la mirada porque es un poco endemoniada, y yo veía que los pocos que quedaban en la retaguardia iban andando y sujetando la bici, pero K-li no estaba entre ellos y quería ir a su vera.

Llegamos al deseado puesto de avituallamiento, ¡mataba por una pieza de fruta!, os comisteis todo, canallas, ¡ni un mísero plátano! Y aún nos dice la chica que atendía que qué esperábamos, que los primeros habían pasado a las 9.30. Me salía a mí como un – “¿y…? ¿qué?, nosotras llegamos ahora”. Y K-li casi mata cuando uno de los voluntarios insistía en lo difícil y duro que era lo que teníamos por delante (que lo cuente ella), así que decide tirar antes de cometer un delito y/o crimen y yo la sigo tras una parada técnica, un par de bocadillos de nocilla, un buen trago de aquarius y una bebida de esas azules (aún tengo la mitad).

Consigo ver a K-li un buen rato después en lo alto de una carreterita de curvas interminables, que me resultaron hasta cómicas.
Para compensar al voluntario pesadito del avituallamiento, la ambulancia se puso a mi vera en un tramo de carretera para preguntarme qué tal iba y que qué pensaba hacer. Les digo resuelta que terminar la primera etapa y me sorprenden con sus ánimos: “muy bien, vas muy bien de tiempo”. Pues, ¡hala¡, sonrisa y piñón grande.
El Monte Aá no me dejó indiferente, no. No sólo por sus empinadas cuestas. Avisada estaba, bendije cada una de las últimas salidas con vosotros. La vista desde arriba es impresionante y esa neblina que nos acompañaba por la mañana se fue diluyendo por un potente calor y un sol un poco rabioso (a mí me gusta el calor). Así que me pasé la mañana, quita chaqueta (subidas), ponte chaqueta (bajadas), abre cremallera, cierra cremallera. Entretenida. Una paradita en el río Saja, un cruce y pasaría a mí última cumbre del día, el Moral.


Emprendo animada y decidida, parece que tenemos un tramo de carretera de nuevo y espero a que paren el tráfico para poder pasar, me envían carretera abajo y tiro como una bala, al rato me empiezo a mosquear, mirando  hacia la derecha porque creo que en cualquier momento me tendrían que desviar. En el horizonte veo otro puesto de control, al que me acerco aliviada, y aunque me urgen a continuar me paro ante ellos un poco confusa y desorientada.
-”Sigue recto, ya no te queda nada”, me insta el agente.
- “¿Nada para qué?, pregunto perpleja.
- “Para llegar a Cabezón, 5 km más y estás en meta”.
- “¿Eh?, ¿Cabezón?, si yo voy al Moral”.
- “Nada, nada, cruza el puente, rápido y sigue la carretera. Venga que ya has llegado, me dice animoso”, me apunta con la mano a la vez que para el tráfico y me siento obligada a seguir.

Han sido los 5 km más cabreados que recuerdo en mi vida de ciclista. Que voy a Cabezón, pero qué hora es, que yo no quiero ir a Cabezón aún, quiero seguir, me iba repitiendo a la vez que bajé el ritmo de pedaleo y subía el de mi asombro primero, cabreo y frustación después y una honda preocupación porque había abandonado a K-li, aunque fuera inconscientemente.
Así que pasé por meta hacia las tres de la tarde entre un grupo de gente animosa y alegre de verme llegar. Una risa disimulada, confusa y picasiana me hubiera dibujado yo.
Tenía batería suficiente en el móvil para dar mi parte de paso por meta antes de bañar mi rabia en pasta y cerveza. Y mucha rabia, creedme, ¡Aún me dura! Es ahora cuando me doy cuenta de la razón que tenéis cuando insistís en que la cabeza es igual de importante que las piernas.
Así que acabé el Soplao con una espinita clavada en el corazón y muerta de envidia por los abajo presentes, incluido el manco que nos hizo la foto: ¡grande David!, yo también os eché de menos.



Y sobre todo, ¡GRACIAS¡ a todos y cada uno de vosotros que entre la creencia y el asombro pensaba yo debería estar no solo en la salida sino también en esta entrañable foto de familia.






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