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jueves, 22 de octubre de 2015

La bici de La Razón

Historia de un timo hediondo


La mayoría de los redactores de este blog nacimos en una época en la que todas las cosas eran tales, más allá de su calidad o de la cantidad de ellas que poseyeran o a las que tuvieran acceso nuestras familias. Eran cosas que funcionaban durante años y de manera directamente relacionada con sus nombres: de una cafetera salía café, un sacacorchos extraía corchos y un explorador era un abrelatas que abría las latas a las mil maravillas; siempre, las abría siempre y sin descuajeringarse, de verdad, lo juro... ¡Por estas!

Pero en la última década del siglo pasado la cosa cambió, y el mercado se llenó de cosas que parecían cosas pero que no funcionaban como tales, y aun así nos lanzamos como locos a comprarlas. Los sacacorchos dejaron de sacar corchos, las cafeteras se estropeaban a los dos usos y los abrelatas... ¡ay, los abrelatas! 

El caso es que las adquiríamos por el simple motivo de que podíamos hacerlo, aunque fueran una mierda, y los principales focos proveedores de estos engendros fueron dos: las tiendas de todo a cien, conocidas después como "los chinos", y los periódicos de difusión nacional que, además de deteriorar progresivamente la calidad de sus informaciones y de la profesión periodística, se dedicaron a inundar nuestros hogares de productos de pésima calidad para sostener sus ventas en papel. De entre todas aquellas porquerías siempre recordaremos la más tóxica y peligrosa, aquel engendro que pasó a la historia de los timos como "La bici de la Razón".

La bici de la Sole

Sería allá por principios de 2010 cuando mi amiga Sole, toda emocionada, me contó que iba a recoger por fin la bicicleta para la que había estado coleccionando cupones del diario La Razón durante no sé cuántas semanas. ¿Qué te parece? Es chula, ¿verdad?

Lo cierto es que por la foto del periódico que me enseñó en su día parecía una bici bonita, de paseo, tirando a clásica, con sus dos ruedas, su manillar, sus pedales, su sillín... vamos, lo que viene a ser una bici, y como yo entonces ya era el referente ciclante de la pandilla, me pidió ayuda para que ese mismo día le ayudara a montar aquello que el señor del quiosco le entregó bien empaquetado.

Dicho y hecho, me presenté en su casa y lo primero que noté fue una pestilencia a plástico o a goma que inundaba no solo el piso de mi amiga, sino que se extendía por el rellano y por las escaleras del bloque entero. Muacs, muacs... ¿Y esa peste? Pues ya ves, de la bici, y no he abierto aún la caja.


Podría extenderme hasta el día del juicio con todos los detalles del intento de montaje, pero al recordar aquel momento se me ponen los pelos de punta, pues estuvimos no sé cuánto tiempo intentando ensamblar las piezas de aquel excremento con forma de bicicleta y de marca DAK que, ya para empezar, era de talla hobbit, con manetas de freno de plástico blandito y llantas de chapa, un sillín tóxico y un tipo de válvula para inflar las ruedas que no había visto en mi vida. El caso es que nos dieron las diez y las once, las doce, la una... y no éramos capaces de ensamblar aquellas piezas deformes mientras respirábamos aquellos efluvios tan nocivos para nuestros pulmones. Como si de un paciente en el quirófano al que éramos incapaces de reanimar se tratara, solté las herramientas, me limpié el sudor de la frente y mirando fíjamente a mi amiga le hice ver la cruda realidad:

- Sole, olvídate, esto es imposible.
- No, sigamos un poco más, si a lo mejor apretando esto y aquello...
- En serio, tienes que asumirlo. No puedes montar en esta bici. Te matarías a las primeras pedaladas.
- ¿Y entonces qué hago? ¿La vendo?
- Cargarías de por vida con la muerte del comprador.
- Ya... Comprendo...
- Sé, fuerte, Sole. Sé fuerte.

Y mi amiga Sole se quedó derrotada y cabizbaja, después de esperar durante tanto tiempo y con tanta ilusión aquella bici tan aparente como inservible que, además, le había costado setenta euros que jamás iba a recuperar. Para no agarrarnos una fibrosis pulmonar o algo peor, sacamos aquel trasto al balcón, y la bici mutante acabó sus días junto a un contenedor y con la advertencia que podéis observar en la imagen.


Tras el disgusto, decidimos mirar en internet por si existiera algún aventajado que hubiera podido montar la bicicleta, pero lo que encontramos fue una legión de indignados compartiendo sus penas en la red a cuenta de la bicicleta de La Razón. De hecho, hay quien asegura que esa indignación fue la chispa que prendió un año después en el 15-M.

La bici de la razón sigue viva

Aunque ya no existen muchas de esas páginas, surgieron grupos de protesta de toda índole como uno en Facebook que se llamaba "Yo también pedí la Bicicleta de La Razón, y me partió el corazón...", o el hilo de Forocoches de "Afectados por la bici de la Razón". Incluso algunos llegaron a proponer amontonar las bicis tóxicas en la puerta de la redacción del "progresista" diario, pero la reacción que a mí más me gusta, sin duda, es esta entrada en Todoalergias.com: ¿Provoca alergia la bici de La Razón?

Pero el motivo de escribir este artículo no es en sí sacar del baúl de los recuerdos un timo que afectó a tantas personas, no, sino intentar que nadie caiga en la tentación de comprar esa bici porque, aunque parezca increíble, la bici de La Razón está viva y coleando. En la Red existen cientos de anuncios en los que muchos de aquellos incautos quieren salvar sus setenta eurillos malgastados y endosarle la máquina de matar ciclistas a otros ilusos compradores, utilizando reclamos como "bicicleta vintage" o "bicicleta para xica", y otros que quieren además rentabilizar la inversión ofreciéndola por el módico precio de ¡100 euros!
 

Si no hubo alerta sanitaria en su día es difícil que la haya ahora a cuento de este timo, pero si ves una bici de la razón rondando por ahí, ni se te ocurra montarla. Todo lo más, y una vez desinfectada, su único uso puede ser el de decoración, como hicieron en la librería cinéfila Ocho y Medio y en el taller de bicis Más que Parches, en Madrid.



¿Y tú? ¿Fuiste también uno de los afectados por la Bici de la Razón? Si sobreviviste al trance, ¡cuéntanos tu experiencia!

EDITADO: El Rubencio  nos recomienda este fantástico cómic en el que Alberto (Pelorroto) relata sus desventuras a propósito de este episodio trágico del periodismo español: "Por favor, deme la razón"


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