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lunes, 25 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad: El tren que bajaba de las montañas

Quizá hayáis oido hablar de Elon Musk, el hombre que está logrando que los coches sean por fin eléctricos con el sano propósito de emplear toda la gasolina ahorrada en salvar a la humanidad llevándola a Marte.
Hasta hace una semana héroe de mucha gente a lo largo del planeta, hasta que se le ocurrió comentar esto acerca del transporte público:

"El transporte público es un dolor. Un asco. ¿Por qué querrías subirte a algo con un montón de gente que no está donde tú quieres ni te deja donde quieres ir? Un dolor en el culo, por eso a nadie le gusta. Y además lleno de gente extraña, vete tú a saber si no hay un asesino en serie entre ellos. Genial. Por eso la gente prefiere transportes individuales." "Pues en Japón funciona muy bien", me dicen" "¿Donde tienen que empujar a la gente para que quepa en el metro? No mola nada"

Jarret Walker, consultor de movilidad, decidió escribir este artículo en el que alertaba de la visión de Elon Musk acerca del transporte público. Musk respondió llamándole idiota


...y se lio la de Dios en las redes de todo el planeta: es lo que pasa si tienes 17 millones de seguidores que probablemente usen el transporte público a diario. Además de no pocos artículos en varios medios, ha habido una reacción popular de gente contando grandes anécdotas que pasan a bordo del trasporte público, desde parejas que se conocieron en el metro, flashmobs, gente ayudando a gente y otras tantas que podéis leer aquí:
#GreatThingsThatHappenedonTransit 

La que narro me sucedió hace algo más de una década por estas fechas en un cercanías desde Villaba a Madrid. Un extraño cuento de navidad.

El tren que bajaba de las montañas


Cogí un tren a las cuatro de la tarde para bajar de las montañas donde vivía a la gran ciudad, como cada domingo. Hacía sol, como acostumbran los inviernos madrileños. Uno de los pocos viajes que echo de menos de cuando vivía a las afueras, ya que me gustaba alternar la lectura con la mirada perdida al monte de encinas con el color del atardecer y los ciervos que miran cada día el paso del tren y que en esta época marcan territorio enfrentando sus cornamentas entre machos.

Aquella tarde el tren estaba más vacío de lo habitual, al ser víspera de nochebuena. Sólo había otras dos personas más, un chaval con pinta deportista que no llegaba a los veinte años y una señora de mediana edad también con ganas de ver monte y libros. En aquellos vagones que agrupaban a los pasajeros en pequeñas plazoletas de cuatro asientos, cada una se había situado en su propio reino independiente en un extremo del vagón, y yo me sentaría en la parte central, alejándome lo más posible de ambos para tener un remanso de paz durante la hora que duraba el trayecto. 

Ni cinco minutos pasaron cuando se abrió la puerta que comunicaba mi vagón con el vagón anterior y entró un hombre de edad incierta, mal estado de conservación,  pelo quizá negro más por el mal afeitado que por otra pista y un chándal de esos azul oscuro con raya imitación Adidas que hacía al menos una década que no había visto. 

Llevaba una botella de dos litros de cocacola en la mano llena de algún tipo de vino que inundó con su olor el vagón, rompiendo cualquier magia del viaje. Voz ronca:

—Acabo de salir de la cárcel de Segovia tras diez años. No tengo familia y mis conocidos son mis compañeros de celda pero no les pido limosna. Vendo estas zapatillas casi nuevas por mil pesetas. Si quieren ayudarme, les ofrezco un buen precio.

El expresidiario iba recorriendo el vagón buscando nuestra mirada. La mujer buscó ciervos con mucha más intensidad mientras que el hombre se le acercaba, luego yo le hice un gesto de “no, gracias” y por último el chaval miró las zapatillas que ofrecía con algo de interés, aunque no manifestó intención alguna.

Los tres esperábamos a que saliera del vagón por la puerta opuesta para seguir con nuestros pensamientos, pero aquel hombre decidió compartir viaje con la única persona que le había dirigido la palabra. Retrocedió al grupo de cuatro asientos donde yo estaba y se sentó delante de mí. Mi viaje perfecto se iba al garete. 

Yo intenté hacer lo mismo que la mujer y me puse a buscar ciervos tras la ventana, pero él no me iba a dejar escapar tan fácilmente:

—Toma un poco. Pero toma un poco, hombre, que es de cartón del bueno. —Aquél vino tenía un aspecto peor que su olor, aunque la perspectiva de tener a aquel hombre dándome la barrila para que bebiera todo el viaje me resultaba atroz y le cogí la botella, haciendo que bebía lo más posible y bebiendo lo menos que pude y agradeciéndole aquél gesto navideño que había tenido conmigo. Voz ronca de nuevo: 

—Llevo diez años en la cárcel.  Es cárcel psiquiátrico, gracias a que estaba tarao me rebajaron mi condena. — Mucho mejor, sabiendo que tenía delante a alguien que de no haber estado loco debería de haber tenido la pena máxima. La mujer me echó una mirada que decía muy claramente “Te compadezco el rato que tienes por delante, y doy gracias a Dios de que no me haya tocado a mí”.

—Mira las zapatillas, son buenas. Por mil pesetas son tuyas.—Mi primera negativa debió parecerle poco convincente, si todavía insistía: —No tienen más que quinientos metros de uso, los que van desde el hipermercado donde las he robado hasta los setos donde me las he podido quitar sin que me viera el de seguridad. Tienen un poco de barro, el seto estaba mojado.

Dios, si no debía llevar ni media mañana fuera de la cárcel y ya había cometido un hurto.

Para mi sorpresa, el chaval deportista del vagón se nos acercó:
Si son del cuarenta y dos me las quedo. Toma.

El hombre recogió las monedas juntando las dos manos como quien trata de recoger agua de una fuente. Las miró un rato, y con cuidado de que no se le cayeran, se giró hacia mí:
Al salir de la cárcel me han dado algo para gastos, con unos billetes azules que no había visto en la vida y que dicen que es dinero de verdad. La mujer desde el fondo ya no miraba por la ventana y trataba de escucharnos. Nadie me ha contado en la cárcel que nadie tiene ya pesetas. ¿Qué es esto que me da aquí el chaval, es lo que le he pedido o me está engañando?

Conté los seis euros en monedas que me mostraba cual Melchor con oro en cuadro de adoración de los Reyes Magos y le certifiqué que el trato era correcto. Por alguna razón, aquel hombre confiaba en lo que yo le decía con fe ciega. El chaval se probó las zapatillas y se las dejó puestas. Buen negocio chaval, pensé.

Las estaciones pasaban sin que nadie más subiera o bajara de aquel vagón. Cuando ya llevábamos medio trayecto, se abrió por segunda vez la puerta entre vagones y entró un hombre rubio que debió haber sido guapo antes de la mala vida, mirando al suelo, voz monótona de quien repite sin luz:
—Perdonen que les moleste, diez años enganchado a la heroína, pido de corazón cualquier ayuda para salir adelante.

La mujer, primera del trayecto del hombre rubio le miró con estupor sin reaccionar ante la situación inesperada y le siguió con la mirada. El chaval de las zapatillas también se asomó al pasillo. Los tres ocupantes originales del vagón esperábamos al encuentro que iba a tener lugar frente a mí en pocos segundos.

—¿Una ayuda para alguien que intenta salir adelante?

El rubio nos miró, primero a mí, luego a la voz ronca.

Un tren de mercancías se cruzó en sentido opuesto. Mientras sonaba el traqueteo de sus vagones, nadie dijo nada.

Cuando el silencio volvió al vagón, el hombre rubio se dio la vuelta para dirigirse al chaval del fondo del vagón,  y entonces oyó la voz ronca a su espalda:

—¿Tú me pides una ayuda?  

El rubió se giró.
—¿Tú me pides una ayuda? —repitió el expresidiario. —Tú eres un caradura.
—¿Qué pasa? Pasa de mí si no me quieres dar.
—¡Eres un caradura!

El rubio levantó por primera vez la mirada del suelo. Su voz cobró vida:
—¡De qué me dices tú que soy un caradura! ¡De qué! ¿eh?
—Si tuvieras cojones, no estarías pidiendo limosna y te estarías ganando la vida como un hombre.
—¿Me dices tú a mí cómo hay que ganarse la vida? ¿Y cómo te la ganas tú?
—Mira que acabo de salir de la cárcel tras diez años.
—Mira que a mí también me han fichao los maderos y no presumo de ello.
—¿Y de qué vas a presumir, tontolhaba?
—¿Tontolhaba yo? A ver si en la cárcel acabo yo por darte un navajazo.
—¿Tú? Si no tienes ni media hostia, que podría dejarte tieso de un guantazo ¡Tontolhaba!

Ay, Dios, estos se líaban a machetazos aquí mismo. No sabía si tratar de apaciguar ánimos, tirar del freno de emergencia, o simplemente alejarme del huracán. Sé que en cuanto hice ademán de levantarme, ambos se quedaron mirándose en silencio, juzgando las fuerzas del otro, o tratando de adivinar si se trataba de una simple en escena para tratar de quedar por encima del otro. Los otros dos ocupantes del vagón miraban fijamente a donde estábamos, con un gesto de tensión, inmóviles. Pensé en los ciervos fuera del tren.

El rubio finalmente cedió. Se dio la vuelta y siguió por el pasillo, murmurando para sí a un volumen suficiente para que todos le oyéramos “Hay qué joderse, qué de gilipollas me tocan hoy”.

—Eh, rubio.
—¡Pasa de mí! ¿vale? —dijo alejándose. No le oí pedir nada al chaval de las zapatillas, sí oí abrir la puerta del otro lado del vagón con despecho y cerré los ojos esperando un portazo que nunca llegó.
La puerta se cerró con suavidad. No me atrevía a girar la cabeza.

—Eh, rubio.

Extrañamente, el hombre rubio que debió haber sido guapo antes de la mala vida se había quedado sentado en el extremo del vagón, mirando los primeros edificios de la ciudad que ya se vislumbraban por encima de las colinas de encinas.

—¡Eh, rubio, que te estoy hablando! —dijo la voz ronca más fuerte, pero ya sin violencia. “Mira que es orgulloso este niño” añadió en un volumen que sólo yo podía oir.
—¡Que me dejes, gilipollas! No quiero tener nada que ver contigo.

El tren abandonaba los montes de ciervos y se adentraba ya en los barrios a medio construir, parados en espera de tiempos mejores. En dos frases las amenazas al borde de estallar parecían más la riña cotidiana de dos jubilados que se conocían desde hace tiempo, cada uno a voz en grito para que el otro le escuchase desde la otra punta del vagón.

—Escucha, rubio, que sé que has tenido mala vida y no sólo por las drogas.
—¿No me vas a dejar en paz?
—¿Qué vida te espera cuando salgas del tren? ¿Tienes a alguien a quien pedir ayuda?
—No a ti, desde luego.
—Escucha, rubio.
—¡Que no me llames rubio!

La megafonía indicó la llegada a la última estación del destino, ya en la ciudad. El hombre rubio se levantó para acercarse al sitio donde estábamos, en clara contradicción con lo que su orgullo le obligaba a responder una y otra vez.
Escucha, rubio. Vámonos juntos. Tú y yo.
—¡Yo no necesito ir contigo a ningún lado!—dijo con algo de sobreactuación.
—Venga, nos bajamos del tren como amigos y nos buscamos la vida juntos en la ciudad. Siendo dos es más fácil cuidarnos ¿Quién más te va a soportar? Si te conozco como si te hubiera parido.

El rubio se dirigió a la puerta sin responder, el tren ya despacio entrando en el andén terminal. El expresidiario se levantó y se acercó también a la puerta. Ni la mujer, ni el chaval ni yo nos movimos aún. Le ofreció la botella que todavía tenía algo.

—No quiero tu vino, pesao.

Se bajaron los dos a la vez, fueron caminando con el mismo paso arrastrado y eligieron las mismas escaleras que llevaban hacia el metro.

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