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viernes, 7 de septiembre de 2018

Cuento de verano

Érase una vez una ciudad en la que por un azar del destino, se había concedido a las bicicletas la consideración de vehículo de pleno derecho, colocándolas en el centro del carril de circulación sin tener que compartir su ancho con ningún otro vehículo de cuatro ruedas.

Como no había tradición de uso como medio de transporte y a pesar del enorme crecimiento de desplazamientos en bici, resultaba aún un medio de transporte minoritario. Lo que sí existía era una antigua tradición recreativa a nivel comarcal así como unas leyes pensadas para ella que situaba las bicis próximas al borde de los caminos para facilitar el paso del resto de vehículos.

Aun así la ciudad era un ejemplo de buena convivencia difícil de encontrar en otros lugares, pocas bicis molestando a los peatones por la aceras, muy baja accidentalidad y conductores pacientes y resignados a tratar a las bicis como iguales.


Pero resultaba que la ciudad tenía un grave problema de contaminación, demasiados desplazamientos en vehículos que ensuciaban, ocupados casi exclusivamente por un único individuo y por ello la ciudad había sido amenazada recientemente con ser castigada.

El gobernador de la ciudad era consciente de la dificultad de reducir el trafico contaminante. El maestro segregador le propuso hacer que los conductores de vehículos contaminantes unipersonales los cambiaran por bicicletas para sus desplazamientos por el interior de la ciudad, pero el gobernador lo rechazó. Parecía buena idea salvo por un detalle, esto nunca había ocurrido en ninguna otra ciudad, casi ningún conductor había realizado ese cambio de manera voluntaria a pesar de los regalos que pudiera recibir. Solo se conocía que había funcionado en aquellos lugares donde fueron despojados a la fuerza de sus vehículos.

El gobernador se encontraba al límite de la desesperación, no quería enfadar a la mayoría de ciudadanos propietarios de carros contaminantes pero tampoco por ser castigado por tener sucia la ciudad. Por suerte y tras mucho meditar encontró un resquicio. Se dio cuenta de que no hacía falta resolver el problema, sino que bastaba con intentarlo. Envió un espía al palacio europeo el cual se enteró que otras ciudades con el mismo problema no eran castigadas porque tenían muchos kilómetros de carril bici construidos. Genial, solo había que construir carriles bici en la ciudad. El gobernador estaba muy contento, iba a resolver el problema con una medida que no iba a molestar a nadie, ¿quién puede estar en contra de que se proporcione un espacio exclusivo para las bicis? Todos pensarían que se hacía para mejorar su seguridad e invitar a mas ciudadanos a usar la bici en sus desplazamientos. Sin embargo, un ujier que por allí pasaba, se atrevió a contradecirle, “Sr. gobernador, en mi pueblo han hecho carriles bicis en todas las calles y no parece que haya mas ciclistas que antes”. El Gobernador cambió el gesto por un momento hasta que recordó que en realidad, solo necesitaba acreditar que existían , no que fueran usados.

Entonces el gobernador reunió a todos sus ingenieros y les comunicó su deseo. Estos respondieron: "No hay espacio suficiente, señor, a no ser que se hagan fuera de la ciudad". Pero en las afueras no servirían para convencer al emperador de Europa, así que concedió libertad creativa para que se hiceran como fuera.
Así pues, los técnicos se pusieron en marcha y la actividad llegó a oídos de los ciclistas que usaban la bici para desplazarse por la ciudad, los llamados ciclistas urbanos. Estos se preocuparon mucho al conocer que sus carriles se iban a estrechar, los vehículos del carril de al lado iban a estar más cerca, tendrían menos margen para evitar obstáculos, adelantar o ser adelantados por otras bicis y tomar curvas, esto les obligaría a circular mas despacio y llegar mas tarde, además la segregación añadiría mas peligro en cada cruce al encontrarse siempre en el ángulo ciego del resto de vehículos que girasen.



Alarmados, los ciclistas urbanos se unieron y pidieron audiencia al gobernador, este les recibió pero no les tuvo en cuenta, cuatro gatos no iban arruinar esta gran solución para la ciudad.

Las obras comenzaron y se hicieron algunos carriles que pasaron sin pena ni gloría, pues los ciudadanos comprobaron que el número de ciclistas que los usaban no era mayor que el que antes recorría esa calle y las de su alrededor. Además se había eliminado algún carril y ello empeoraba la movilidad de todo el mundo, pero bueno,como era por una buena causa, había que esperar a ver si mejoraba.


Mientras tanto. los ciclistas urbanos habían empezado a movilizarse, hablaban con escribas y políticos y realizaban acciones de protesta. Por otra parte, los conductores empezaban a perder la paciencia, el plan se estaba torciendo.


Preocupado el gobernante de la ciudad, llamó a consultas a un sabio en carriles bicis en busca de argumentos para aplacar las iras de los ciudadanos. El sabio llegó con un montón de estudios realizados en otras tierras que demostraban las bondades del carril bici, sin embargo no servían. En todas esas ciudades los ciclistas circulaban por un borde del camino para que los carros les pudieran adelantar sin cambiar de carril y por tanto un carril bici mejoraba sus derechos y hasta parecía que les privilegiaba al ser un espacio exclusivo. Sin embargo en esta ciudad los ciclistas ya tenían mas derechos que los que concedía el carril bici.

El gobernador llamó entonces al maestro de carruajes, este le explicó que mientras se pudieran adelantar a las bicicletas cambiando de carril no habría nada que hacer, los carriles bicis serían un empeoramiento de sus condiciones, por eso le propuso reservar mas carriles exclusivos para los carruajes públicos en las calles que tuviesen dos carriles, así solo quedaría un carril de circulación libre en una calle que ahora tendría proporcionalmente el doble de tráfico. Era un plan genial, los kilómetros de carril carruaje también servían para aplacar al emperador de Europa y a la vez se empeoraban las condiciones de los ciclistas que recibirían quejas de los demás usuarios por no poder ser adelantados, ya de por sí malhumorados por el aumento de tráfico. Así se presionaba aun mas a los ciclistas para aceptar los carriles bici exclusivos y se los presentaba al resto de usuarios de la vía como un problema para su movilidad.

Mientras tanto, el maestro segregador y sus compinches se sentían insultados por no haber sido escuchados como merecían, las bicis eran muy importantes y no les estaban prestando ninguna atención. Ellos también sabían que el carril bici no mejoraba los derechos de las bicis que circulaban por el centro del carril, así que influyeron para modificar la ley, así, las bicis no estarían obligadas a circular por el centro del carril sino que podrían hacerlo por su lateral derecho, dejando pasar a todos los demás vehículos. ¿Y qué conseguirían con esto? Pues que quien fuera pegado a la derecha sufriría la incomodidad y peligrosidad de circular por un espacio mas estrecho y quien no lo hiciera se convertiría en un ciudadano despreciable digno de todos los insultos. Estaban serguros de que esto eliminaría la resistencia a ser segregado de los ciclistas urbanos.

Pero un nuevo impedimento surgió de improviso. Un navegante de ultramar llamado Xiao Ming trajo consigo el último ingenio mecánico. "Un patinete que se mueve sólo, no te cansas y no ocupa espacio, es mucho mejor que la bici", decía Xiao.

Y así era, la gente vio sus ventajas y ya estaba empezando a utilizarlo, gente que ni siquiera tenía bicicleta. Se movían sin problemas por el centro del carril. El Gobernante entró en pánico, no iba a poder seguir haciendo carriles bici, ese artilugio había que prohibirlo.


Continuará…

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