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viernes, 4 de mayo de 2018

CICLISMO EN FEMENINO: Primera experiencia cicloturista en Uclés: la experiencia de otra de nuestras chicas

Hace una semana os proponíamos el punto de vista de Ana contándonos su experiencia en su primera salida cicloturista. Ana quiso mostrarnos los nervios de los preparativos, las rutas previas, y algunas pinceladas de lo que fue el viaje (Ciclismo en femenino: primera experiencia cicloturista). Alaia tampoco lo dudó un momento, y nos cuenta aquí día a día desde antes de salir hasta la llegada final, todo un triunfo que esperamos disfrutéis tanto como ellas. Os dejamos con el relato de Alaia:

Hace poco más de un par de meses me hablaron por primera vez del plan que En Bici Por Madrid preparaba para la Semana Santa: cuatro días de cicloturismo recorriendo el Camino de Uclés, ida y vuelta desde Madrid. 300 kilómetros por rodar que desde el primer momento me sacaron una sonrisa de medio lado y un brillo en los ojos; esa sensación que ya conozco y que me hace pensar "estás perdida". Y, poco a poco, empiezo a quererlo, a imaginarlo, a soñarlo y a creerlo. Me apunto con la ilusión de un niño pequeño y miro el calendario con ansia, ¡aún queda tanto!


Poco menos de un mes antes de partir llega el momento de gestionar las credenciales de quienes nos habíamos apuntado hasta ese momento y Agus y yo nos acercamos una tarde a la Asociación de Amigos del Camino de Uclés donde nos recibió el gran Manuel Rossi, que además de gestionarnos nada más y nada menos que 18 credenciales, nos cuenta un montón de historias de los miles y miles de kilómetros que acumulan sus piernas peregrinas y salgo de allí con una sonrisa de oreja a oreja. No me caben más ganas de rodar en el cuerpo. Miro a Agus y me devuelve la sonrisa sin decir nada porque sabe exactamente lo que se me pasa por la cabeza.

Esa noche al llegar a casa, miraba la credencial y fue cuando fui verdaderamente consciente de dónde me había metido y, aunque tenía dudas de si podría hacerlo, las ganas y la ilusión podían con ellas. Ya sólo faltaba organizarlo.

Para quienes viajamos por primera vez con alforjas, el qué llevar y qué no se convierte en horas de darle vueltas a la cabeza, de apuntar y borrar mil cosas de la lista que repasarás una y otra vez, con el miedo de olvidar algo básico y cargar con innecesarios por-si-acasos, sabiendo que cada gramo cuenta porque tendrás que tirar de ellos cada día y ni siquiera sabes cómo es eso de rodar con alforjas con tanto peso. Hasta te invade el temor absurdo de caerte de lado de la bici o volcar cual cucaracha.

Y así, pensando y repensando, pasan los días, que cada vez se hacen más largos y, por fin, llega el día anterior a salir. Empiezan los nervios de verdad. Ese día el whatsapp y el messenger están que arden... No eres la única que no va a dormir bien esa noche.

Como al día siguiente se ha decidido quedar a la indecente hora de las 7:30 y el párroco de la Iglesia de Santiago no parece por la labor de atendernos a esa hora, me acerco por la mañana a la Iglesia a sellar las credenciales. Me ponen mi primer sello y oigo mi primer "buen camino", que me produce un no-sé-qué-qué-sé-yo que me sube por la espalda.

Al llegar a casa, hago y rehago las alforjas varias veces y cuando por fin decido que tengo lo mínimo imprescindible y no sobra nada, las coloco sobre la bici que espera preparada en mitad de mi salón. Saco la oportuna foto ("pal facebook") y de repente, cuando la muevo, tengo la absoluta certeza de que con tanto peso no voy a poder mover la bici ni una pedalada. Me encomiendo a Santiago y me convenzo a mí misma de que eso es lo que hay y habrá que poder.


29/3/2018, 7:30. Puerta del Sol.

Mi despertador suena a las 5:15. No he dormido apenas una hora pero salto de la cama como si no costara. Desayuno, ducha, últimos repasos y salgo de casa dirección a la Puerta del Sol, donde me esperan otros 26 enbiciados más. Finalmente la convocatoria ha sido todo un éxito, lo cual, al margen de mínimos problemas logísticos, nos encanta a todos. 

Entrego a cada uno su credencial acompañada de un “buen Camino” y tras abrazos, risas, nervios y foto de grupo, rodamos dirección a la obligatoria visita a la Iglesia de Santiago para dedicarle al apóstol nuestro Camino y, ahora sí, ¡por fin, salimos!




No hemos salido apenas de Madrid Río cuando, como siempre que cojo la bici, empiezo a desconectar y todo lo que ha quedado a mi espalda ha dejado de importar. David va a mi lado y me comenta que qué puede haber mejor que rodar durante cuatro días sin nada más que hacer que pedalear junto con amigos y la verdad es que en ese momento no se me ocurre nada mejor.

Me doy cuenta de que empiezo a dejar de notar el peso que lastra mi bici y simplemente disfruto de cada pedalada sin prisa, de cada sonrisa cómplice, de cada "pedalea sinvergüenza" de los compañeros al paso, de conversaciones trascendentes e intrascendentes acompañadas del zumbido de las ruedas sobre la tierra y de esa serpiente multicolor de bicis que ruedan ante mi vista. Y se me antoja como lo mejor que he visto y vivido en mucho tiempo.




Y así vamos recopilando todos los sellos en nuestra credencial y pasamos por Rivas (donde, por cierto, nos esperaba Manuel Rossi), La Poveda y Arganda de Rey, con su temida subida a la cementera que hice con Rober, que como siempre me espera y se coloca estratégicamente a mi lado para darme conversación y llegamos arriba como quien no quiere la cosa. Empieza lo bueno, bajada hasta Morata de Tajuña y su obligatoria parada para sus famosas palmeras de chocolate. Allí nos esperaba Laura, que nos acompañaría como coche de apoyo cada día en cada parada y, por qué no negarlo, aprovisionándonos de todo tipo de cosas hipercalóricas que devorábamos como si llevásemos meses sin comer.

Seguimos toda la ruta por vía verde que nos permite coger buen ritmo y vamos recogiendo los sellos de Perales de Tajuña, Tielmes y Carabaña, antes de empezar la subida hacia Estremera, que entre el calor y los kilómetros se va a haciendo ya pesada, pero que supero sin mayor problema gracias a la conversación que llevamos Cali, Víctor y yo.

Llegamos a Estremera dos horas antes del tiempo previsto, así que nos permitimos un merecido descanso acompañado de patatas fritas y palmeras sentados a la sombra en la plaza del pueblo antes del primer problema logístico por el tamaño del grupo: somos 27 y no cabemos en el albergue, así que tras ponernos de acuerdo, algunos vamos a un hostal cercano a unos 5 kilómetros de Estremera, donde cenaríamos todos juntos antes de volver cada pollito a su nido.


30/3/2018. Objetivo: Monasterio de Uclés.


Suena el despertador y sin apenas saber aún dónde estoy, ya sólo ver a los amigos despeinados y dormidos a mi alrededor me hace sacar una sonrisa mañanera. Víctor empieza a salir de entre todas las capas de ropa en las que está envuelto, Ana se remueve dentro del saco no queriendo afrontar el hecho de que hay que levantarse y la mano meteorológica de Cali sale mínimamente por la ventana y diagnostica: "Llueve. Pero poco". 

Para quienes hemos rodado alguna que otra vez con los enbiciados sabemos que eso puede significar que está cayendo el diluvio universal tras la persiana. Yo empiezo a sacar todo mi arsenal contra el agua y, cuando sólo me faltaría sacar el paraguas, veo a Cali mirándome con cara de "igual te estás pasando un poco", aunque prudentemente sólo me advierte de que, como me ponga todo eso, voy a pasar calor. Así que decido guardar ciertas cosas (aunque no muy lejos) y me digo a mí misma que no voy a encoger con la lluvia. 

Tras el desayuno y la correspondiente foto de grupo, salimos a rodar bajo una leve lluvia (sí, llovía... pero poco) que nos duró apenas media hora para empezar a dar paso a nubes que decoraban el cielo azul que se abría ante nuestros ojos. 

Dejamos atrás la vía verde asfaltada para dar paso a pistas de tierra que comienzan fácil, llaneando con almendros en flor a nuestro alrededor, y que nos lleva hasta el Bosque de los Peregrinos, poco antes de Barajas de Melo. Un sitio cuando menos curioso. Un bosque junto al camino, con árboles pintados con distintas formas, algunas abstractas, pero todas llenas de colores y que me recordaba mucho al Bosque de Oma, pintado por el gran Agustín Ibarrola en la Reserva de Urdaibai.

Barajas de Melo nos dio el momento más duro del día, con una subida que, al igual que el “llueve poco”, algún enbiciado dirá que era un falso llano, pero que nos hizo exprimirnos un poco (algunos incluso bajarnos de la bici) aunque mereció la pena. Al final del “falso llano”, al que mi bici subió gracias a Felipe que fue en mi busca, nos esperaba la Cruz del Pelegrín, un lugar mágico por sus vistas y su significado. 

Como marca la tradición, hasta allí llevábamos cada uno una piedra que previamente Agus se había tomado la molestia de recopilar y pintar (de verde, como no podía ser de otra manera) para que nosotros pudiéramos decorar cada uno la nuestra con rotuladores indelebles. Casi como un ritual, fuimos uno a uno dejando la nuestra junto al montón que cientos de peregrinos habían dejado antes de nosotros al pie de la cruz de Santiago. 


Retomamos la ruta y los campos a través y las nubes a nuestro alrededor nos llevan hasta el Paso Internacional de Peregrinos, un túnel dedicado a los primeros peregrinos de cada país extranjero que han hecho el Camino de Uclés, ¡y nosotros llevamos a nuestro lado al primer búlgaro! Manuel Rossi no tuvo tiempo de hacerlo antes de nuestro viaje, pero en honor a Niko habrá una vieira pegada a esa pared con la bandera de Bulgaria pintada. 

Ya queda poco para llegar, conseguimos el último sello previo en Huelves y comenzamos la subida a la Sierra de Altomira que nos llevará hasta Uclés y consigo llegar arriba porque llevo de guardaespaldas a Novoa, que sabe que me quiero bajar de la bici en la subida, pero no me deja. Una vez arriba me sirve de escolta para cubrirme de las rachas de viento que nos acompañarían en el cresteo por la Sierra. 

Novoa comenta que según el GPS nos quedan apenas 4 o 5 kilómetros para llegar a Uclés, que además son de bajada, así que tendríamos que empezar a ver el pueblo en breve. Empiezo a buscarlo en el horizonte y de repente, pasado un pequeño repecho, se abren los árboles y, por fin, aparece el Monasterio de Uclés ante nuestra vista, regalándonos una postal que corta la respiración y eriza la piel. 


Ya hay algunos amigos allí parados disfrutando de esa inmejorable panorámica y abrazándose, riendo y con lágrimas en los ojos. Casi tirándola al suelo, me bajo de la bici y me abrazo a ellos. Veo venir a David, que también tira su bici, se abraza a mí y cayéndoseme las lágrimas por las mejillas me susurra “esto es el Camino”. Y sí, para alguien que no cree en el sentido religioso de la peregrinación, ésa es la sensación que justifica el Camino, que incluso me hace saltar las lágrimas escribiendo estas líneas y que será algo que quedará para siempre en mi retina, aunque en ese momento la vista me la tapara un tío de casi dos metros.

Entre risas y abrazos veo a los dos “Davides” y a Pablo subiendo a hombros a Agus para alcanzar la cruz de Santiago que allí había para atar a ella un lazo verde, tan insignificante para muchos como tan lleno de valor para todos los que allí estábamos, en recuerdo del Capi, que seguro estaba en ese momento con nosotros y por quien cada ruta será siempre un homenaje.



Con las emociones a flor de piel, emprendemos una divertida bajada hasta Uclés, nuestro destino, y una vez allí subimos hasta el Monasterio, donde nos pondrían el sello más codiciado del viaje en la credencial y donde íbamos a tener la suerte de dormir esa noche en una habitación común sólo para nosotros llena de literas y, esa noche, también repleta de buena gente.

Es sorprendente que dejen las llaves de un Monasterio así como así a casi 30 perfectos desconocidos y se vaya todo el mundo, salvo dos monjes que al parecer viven dentro. Entre duchas y organizaciones de camas comienzan los chistes fáciles sobre el concierto de ronquidos que íbamos a tener que aguantar, fantasmas, sustos por los pasillos y el inevitable “ya que tengo las llaves del convento, me cago dentro” (no diré el culpable de semejante herejía).

Salimos a cenar y, casi tirados en las sillas, miro a los amigos a mi alrededor y veo caras cansadas y ojeras, pero pletóricas y con sonrisas de oreja a oreja.


31/3/2018. Enbiciados contra el viento.

No he dormido apenas esa noche cuando empiezo a oír movimiento y a los compañeros despertándose unos a otros. Recogemos, “alforjamos” las bicis de nuevo y me fijo en que el Monasterio tiene una estampa curiosa: vacío, solo para nosotros y lleno de bicis. 

Con una absurda sensación de añoranza porque los vamos a volver a ver en dos días, nos despedimos y vemos partir a varios compañeros dirección a Tarancón a coger el tren porque no volverán con nosotros rodando hasta Madrid. 

Sábado santo, muy temprano y un pueblo pequeño, es sinónimo de bares cerrados y ningún sitio donde desayunar, a parte de una estación de servicio que estaba a unos 5 kilómetros de Uclés y que se convierte sin género de dudas en nuestro primer destino, no sin antes hacer una visita previa a una fuente romana que estaba a un par de kilómetros de allí. 

Una vez cumplida con la visita ponemos rumbo al codiciado desayuno. Voy con Rober, que comenta que nota la bici como más pesada, pero no le veo ni de cerca tan mal como me siento yo y me espera con más paciencia que un santo cuando empiezo a quejarme porque no puedo con mi vida. Noto el viento de cara pero tampoco me parece tanto y pienso que quizá es que he dormido muy mal y estoy sin desayunar. Voy en plato pequeño y piñón grande a una velocidad absolutamente ridícula hasta que aparece Agus que, viendo el percal, me ofrece su rueda que apenas soy capaz de seguir, pero que nos lleva hasta el bar. Me veo tan mal que a falta de uno, pido dos desayunos y me tranquiliza mínimamente ver que todos venían igual de mal. Al final va a ser que hay más viento del que me creía… 

Decidimos que las condiciones no son las mejores para volver a crestear por la Sierra y la evitamos por un camino que une Tribaldos con Huelves, camino que hice perfectamente escoltada en abanico por Rober y David. ¡Pedazo gregarios! O Gregorios, como decían ellos... que me llevan en volandas y, por fin, empiezo a dejar de quejarme en lo que va de mañana y vuelve la sonrisa a mi cara. 

Es una jornada entera de fuertes vientos, así que saliendo de Huelves me engancho a rueda de Novoa que me lleva de vuelta al Bosque de los Peregrinos, que miro con cierta nostalgia, como despidiéndome de un lugar tan curioso en medio de la nada. 


Con el viento que hace, procuramos ir en pequeños grupos o al menos de dos en dos turnándonos para tirar, así que para continuar con la tónica del día, me voy enganchando a Rober, Agus, Novoa y básicamente a todo el que pasa a mi lado, para terminar camino de Estremera a rueda de David, con Ezequiel al lado también cubriéndome el viento, mientras vamos cantando “I want to ride my bicycle” de Queen. Para quienes hemos rodado a rueda de David sabemos que detrás suyo no se ve absolutamente nada y, como vamos bien de piernas (y yo bien cubierta del viento) cogemos un buen ritmo que, junto con una rodada mal cogida en el último momento, me hace volar sobre la bici y darme un piscinazo contra el suelo, sin mayores consecuencias más allá del susto y un pequeño dolor en una rodilla al que en ese momento no le doy mayor importancia.

Queda poco ya para Estremera, a donde llegamos tras atravesar unos túneles de las antiguas vías de tren, y donde volvemos a alojarnos en el albergue, en el que esta vez, como somos unos cuantos menos, sí cabemos todos juntos. El pequeño dolor de rodilla, en frío, ya no es tan pequeño, así que empiezo a pensar en qué va a pasar al día siguiente con 100 kilómetros por delante y me encomiendo a todo tipo de remedios que salen de diversas alforjas, caseros y no caseros, químicos y no químicos, y hielo. Y, cosas del destino, recibo mi primera sesión de reiki en una habitación llena de amigos en un albergue de peregrinos en un pueblo en mitad de la nada antes de cenar. 


1/4/2018. De vuelta a casa.

Vuelve el día y, con él, el revuelo al albergue. Alguien toca nuestra puerta y despierto con Ana, Cali, Felipe y Novoa en la habitación y con una extraña sensación de nostalgia. Tanto tiempo pensándolo y tanto tiempo esperándolo y el viaje está a punto de acabar. Me resulta absurdo que pienso que “sólo” nos quedan 100 kilómetros y se me antoja una distancia perfectamente asequible, aun cuando será el cuarto día seguido sobre la bici.

Una vez despejado el pasillo de bellos durmientes, salgo a la puerta del albergue y me recibe un amanecer morado sobre Estremera. Pruebo la rodilla, que aunque está algo negra no tenía tan mala pinta como esperaba, y al menos dobla. Probaré a rodar y ya veremos.

“Alforjamos” por última vez en este viaje y partimos rumbo a Madrid. Empezamos a subir y los miedos sobre mi rodilla empiezan a desaparecer. Igual mañana se me pone como un melón, pero en caliente me deja pedalear sin problema, aunque tengo escoltas dispuestos a tirar de mí si hiciera falta. No llegar a Sol no es una opción.

Pasan los kilómetros e incluso voy despacio, dejando pasar a los compañeros por delante, para disfrutarlo un rato en soledad, poder volver a ver esa serpiente de bicis de colores ante mí y pienso que ojalá no se acabara nunca. Quiero pedalear, pero en dirección contraria.

Llegamos a Morata de Tajuña, con la parada obligatoria de avituallamiento de palmeras y encaramos de vuelta la subida a la cementera de Arganda, de nuevo con Rober a mi lado para darme conversación. Casi llegando nos encontramos a Agus y Carlinhos que bajaban en dirección contraria por si me encontraban malamente, pero de eso nada: cuarto día pedaleando cargada con peso y estoy subiéndola mejor que nunca.

Parada incluida en la Laguna del Campillo para comer bajo un árbol, pasamos por Arganda, La Poveda, Rivas y, en parte deseando que no pasara, llegamos a Madrid. Subimos la Cuesta de la Vega, la calle Mayor y entramos en Sol, de vuelta a donde empiezan y terminan los grandes retos.

Voy acompañada por Agus, Cali, Rober, Yoli, Felipe, Quique, Ana, los “Davides” y Niko, que juegan con los timbres de sus bicis y la gente nos mira como si viniéramos de salvar el país de una invasión enemiga. Y siento como los ojos se me inundan y caen lágrimas como puños por mis mejillas. Lo hemos conseguido. Nos abrazamos todos con todos y reímos como niños. David me regala un pin del Camino que va cogido en su alforja y que seguro me acompañará para siempre en las mías porque éste va a ser el primero de muchos otros Caminos porque todos y cada uno de los enbiciados han hecho de ésta una de las mejores experiencias de mi vida.


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