Menú horizontal

Si te ha gustado el artículo, puedes invitarnos a una cerveza

jueves, 30 de julio de 2015

Vía de la Plata 11. A Gudiña - Ourense

Etapa 11. A Gudiña - Ourense

23 de Abril

Distancia: 93,70 km
Distancia acumulada: 926,13 km
Desnivel positivo acumulado: 1543 m


Me despierto y está lloviendo. Ya estamos en Galicia. Hay dos cosas que tienes que saber cuando vas a Galicia a montar en bici (me avalan cuatro incursiones diferentes en los últimos dos años): llueve, y te enfrentas a un continuo subibaja, si es que no tienes que afrontar algún puerto, portachuelo o como quieras llamarlo.

Fernando con su brazo disfrutando de la Sierra Seca

Y no sólo eso. Ayer nos acostamos tarde, y yo soy víctima de la necesidad de dormir lo suficiente (lo que vienen siendo unas 7 horas). Además de eso, ya me veía en casa, tengo un amigo con el brazo hinchado que ha salido del hospital por su propia voluntad, no por la del médico, y resulta que sigue vestido como ayer porque llegamos muy tarde para ir a la ducha. Creo que no soy la única que habría dado esto por terminado. Pero yo viajo con Fernando, la voluntad de las voluntades. Me digo que la serpiente le ha picado a él, y no a mí, no es posible que sea yo la desmotivada, y que él esté tirando de mí una vez más.

Decidimos no coger la variante que va por Verín, aconsejable si “la climatología es adversa y por no afrontar duras cuestas, aunque supone añadir 23 kilómetros”. Alargar la etapa nos da pereza, y Fernando ya ha hecho una visita a Verín, más que suficiente. Vamos por la ruta original.

Nos planteamos la etapa como otros días, pero hoy con más razón. La idea inicial es llegar a Ourense, pero sabemos que tenemos un puerto por el medio, subibaja, y pronóstico de lluvia Podemos quedarnos en Xunqueira de Ambía, 20 kilómetros antes, y se queda en una aceptable etapa de 70 kilómetros.

Embalse das Portas

Así que con estas vistas empezamos en ascenso. Yo y mis pocas ganas nos empezamos a motivar. Esto es un derroche de paisaje. Subimos por ese tipo de carreterillas que me gustan, buen asfalto, pero estrecha  y con poco tráfico. Ahí vamos adelantando peregrinos que por supuesto salieron mucho antes que nosotros. Hasta Campobecerros, contemplamos los paisajes de la Sierra Seca. Tenemos el embalse das Portas a nuestra derecha, paisajes de arbustos inundados en flores rosas, amarillas nos rodean porque a Galicia también ha llegado la primavera. Fernando no duda en entregarme el ramo del día... Y este ramo ya se vendrá conmigo hasta el final del viaje.

Un ramo de flores destinado a enriquecerse en los próximos días

Cuando llevamos unos diez kilómetros de andadura nos encontramos con nuestros nuevos colegas. Ya lo decía yo: en el camino te acabas cruzando y recruzando con quien menos te lo esperas. Con un espíritu inquebrantable continúan su ascenso. Charlamos un poco, hacemos fotos, todo a pesar de la lluvia intermitente. Llegamos a un desvío que anuncia un duro repecho con bajada por pizarra, no recomendable con lluvia. Así que la no motivada, y el que acaba de salir del hospital tiran para el repecho con pizarra. Esto retrasa nuestra marcha, pero merece la pena. En algunos de los tramos de la bajada hasta me atrevo a hacerlo en bici, yo intento aprender de Fernando, aunque sin seguir su ritmo trepidante.

En Campobecerros hacemos nuestra primera parada. Colacao al canto. Necesito entrar en calor y energía, y si eso me tomo también un café. Últimamente lo acompaño con bollo, mi cuerpo pide comida a expuertas y con este clima no digamos. La señora del bar, encantadora, nos hace unas tostadas muy ricas. Resulta ser también quien lleva el albergue y pienso que es una pena no haber pasado aquí la noche. Un grupo de trabajadores de la zona se toma su desayuno con tranquilidad, y con alegría hacen planes para el fin de semana porque es viernes. Esto es ambiente de aldea del bueno, y a los madrileños citadinos como que nos pican las ganas de vivir algo así.

Pasando por una y mil aldeas. Esta es Portocamba, poco antes de la Cruz del Milladoiro

Salimos de nuevo a la lluvia camino de la Cruz del Milladoiro, ese punto en el que contemplas una vez más el paisaje, das unas vueltas más, hasta que ya no toca otra cosa que hacer el descenso hasta Laza. Así que hacemos nuestro recorrido, nuestras fotos. Me acuerdo de nuevo de Jesús, cuando decía que lo más bonito era la sierra de Sevilla. Esto es realmente precioso. Paisajes distintos, en cualquier caso, pero siempre el paisaje de montaña te brinda unas vistas que te permiten ser un poco dueño del horizonte, un pequeño espejismo en medio de tanta lluvia.

Así es como iniciamos una bajada de diez kilómetros que nos llevará a Laza, la ciudad más importante de esta etapa (quitando Orense), lo que no significa que sea especialmente grande. Se trata de una bajada trepidante por carretera, con la lluvia y borrachos de paisaje. Descendemos 500 metros en diez kilómetros, viendo pueblos a nuestros pies, montes frente a nosotros, y pinos y arbustos florecidos. Creo que se me ha olvidado que quería irme a casa. A veces, dejarte llevar por la persona que tienes al lado es un acierto, se trata simplemente de dejarte llevar cuando no tienes fuerzas, y funciona. Sobre todo si te fías de él, y sabes que te va a poder brindar su apoyo. Eso es a lo que llamo yo ser compañero. La bici, como siempre, me da las mejores metáforas para la vida.

Consigo "cazar" a Fernando de bajada en la carretera

Aunque soy declaradamente trepadora, confieso que estas bajadas son siempre la mejor manera de acabar las etapas. Son un refuerzo positivo a todo el trabajo realizado, que si además culmina yendo a un restaurante de los de toda la vida, donde van los trabajadores de la zona, y te plantan una bandeja de espaguetis y un buen pescado o carne, según las elecciones, no hay más que hacer. Aprovechamos ese rato de la comida para entrar en calor.  En general no soy muy partidaria de hacer estas grandes paradas en medio de una etapa. Pero hoy el día no da para otra cosa, este menú nos va a reconfortar, y más todavía el calor de hogar que aquí se respira.

Espaguetti alla puttanesca a la gallega

Con este menú entre pecho y espalda nos sentimos dispuestos a afrontar los siguientes 15 kilómetros que nos harán ascender otros 500 metros. Salimos primero en llano, y entre risas. Yo intento desentumecerme y para eso acompaño de sonidos guturales que sobredimensionan mi esfuerzo. “Ggggg, ayyyy, mmmm”. Pero poco a poco la cosa se pone seria, esto tiene porcentajes de desnivel de verdad y requiere concentración. Ambos nos ponemos manos a la obra, Fernando me anima y tiramos para arriba. Zaratustra está con nosotros, y yo no paro de pedalear a molinillo, fiel a mi estilo y costumbres. Fernando va más que sobrado, parece mentira que haya pasado por lo que ha pasado. En medio del ascenso nos volvemos a encontrar con nuestros amigos. DE verdad que lo suyo no tiene nombre si pensamos en la idea de que han venido a este viaje casi sin entrenar. Fernando y yo no dejamos de montar en bici ni una sola semana, y hemos hecho rutas muy duras antes de venir aquí. De hecho suben caminando parte del puerto, puesto que si no estás muy entrenado subir eso con alforjas no es cualquier cosa. EL entrenamiento es lo que te permite el disfrute. Seguimos subiendo el puerto. NO recuerdo nuestra media en esta subida, pero fácilmente te puedes pasar ahí repitiendo molinillo tras molinillo unas dos horas, sin parar de rodar, sin parar de dar vueltas a los piececillos marcando cadencia y buen ritmo. Hay mucha gente a la que esto le agota la paciencia…yo me lo paso en grande. Ese es mi mejor tiempo para pensar, para cantar interna y externamente, para no pensar en nada, para sentir que ese es mi rato de meditación sobre la nada, hacerse en el presente como dicen los yoguis y los psicólogos (estos siguiendo las enseñanzas de los anteriores).Es el mejor rato en el que uno se da tiempo para nada. Y resulta que el tiempo pasa volando. Así que llegamos arriba más felices de lo que empezamos y con el cuerpo en caliente.

Hasta ahora llevamos una etapa casi al cien por cien por carretera, lo que favorece que no hayamos comido casi nada de barro en todo este tiempo, así que tenemos el tipo de terreno adecuado a las circunstancias


De charla en Alberguería ante la presencia de los típicos hórreos

Nuestro mapa nos dice que desde alberguería hasta la Cruz de Segadores iremos por un tramo de camino de unos tres kilómetros. Teniendo en cuenta que mi idea es que en Galicia el suelo drena muy bien, y que no tenemos ningún aviso por ahí, tomamos el camino con el optimismo de quien ha alcanzado la cumbre. Mientras Fernando habla por teléfono, yo me topo con un camino inundado hasta decir basta. Así que por mucho drenaje que tengas,  puede haber caminos inundados, que es el caso. Una vez dentro, no te queda otra cosa que avanzar, así que tirando un poco de pisar hierba y un poco más de ingenio vamos poco a poco avanzando, mientras Fernando, además, habla por teléfono. Así es como llegamos al punto más alto de verdad, y así es como iniciamos de nuevo el descenso a Vilar do Barrio, de nuevo por carretera.

Terrenos 100% ciclables

De alguna forma sentimos que la etapa está hecha. Hemos superado las subidas más complicadas, y aunque el perfil no pinta llano a partir de ahora, nuestras piernas sí lo sienten así, aumentamos la media por hora, y las horas fluyen. Aún desde Vilar do Barrio tendremos que superar un tramo de campos de cultivo que con toda la que ha caído nos ofrece cierta dosis de barro, aunque ciclable. Después llegada a Xunqueira, donde nos encontraremos con su Monasterio.

Monasterio de Xunqueira de Ambía

No puedo evitar pensar que es buena hora de parar, que no estamos cansados, pero sin darme cuenta le he metido una idea en la cabeza a Fernando. Hoy es viernes. El domingo es el cumpleaños de mi hermano y no es cualquier cumpleaños, cumple cuarenta. Mi familia se junta como de costumbre a celebrarlo. Además de contarle esto, le explico a Fernando que no tengo ninguna necesidad, porque ya les he explicado que lo normal es que vuelva a Madrid el martes. Moraleja: no hay que dar ideas. Así que en el fondo los dos tenemos en nuestros visos llegar a Ourense, no lo podemos evitar, sabemos que somos capaces, y que nos quedan fuerzas. Sabemos además, que los últimos veinte kilómetros son de bajada, de bajada de rodar, por carretera secundaria sin dificultades.

Así que rápidamente emprendemos la marcha. Primero deberemos encontrarnos con una playa fluvial del Río Arnoia que nos proporciona otro  hermoso paisaje. De nuevo un repecho y en A Pousa nos encaminamos al rato más rodador. Efectivamente vamos de bajada, casi no paramos y subimos la media de forma espectacular. Casi sin darnos cuenta pasamos pueblos y aldeas: Salgueiros, Pereiras, donde se une el camión con la variante por Verín, de aquí a Reboredo. SI cuento esta parte tan rápido es porque así fue.

Los últimos kilómetros como siempre son dificultosos. No por el desnivel, el terreno, las circunstancias (ya llueve menos), sino porque entramos de nuevo en una gran ciudad. Zonas industriales poco inspiradoras, pueblos con tráfico. Esto se hace mucho más largo que algunos tramos que hemos pasado. Pero a lo tonto ya estamos en Orense. Nos hemos chupado 90 kilómetros repletos de lluvia, con un par de ascensos importantes y dos descensos que quitan el hipo de su belleza. Con la de ayer, para mí estas son las etapas más bonitas, no se puede pedir más. Bueno, por supuesto que sí, un buen día de sol.

Llegamos a Ourense a eso de las siete-ocho de la tarde y aún nos quedan ganas para dar una vuelta por el centro de la ciudad. El albergue municipal, un edificio enclavado en la iglesia contigua lo que le da un encanto maravilloso, y además moderno y bien equipado y limpio por dentro, respeta sin embargo las costumbres peregrinas a rajatabla. Hay que estar ahí a las diez.

Recorriendo el centro de Ourense

Así que ducha rápida y vuelta por el centro. Como es viernes, esto empieza a bullir cuando nosotros llegamos, está todo lleno de pinchos que comemos con los ojos, yo no puedo evitar hacer la incursión en la pastelería mientras disfrutamos de las calles de Ourense para comer una buena empanada. Me gusta esta ciudad y lamento no tener un par de horas más para recorrerla y para deleitarme con sus pinchos, sus vinos y su buen ambiente. Entramos en un bar que nos recomiendan, donde nos tomamos nuestra tapa de queso del país, que no falte. Recuerdo la frase de Jesús, tenéis que parar en Ourense, y disfrutar de sus baños. Esto no nos va a dar tiempo…¿y si me quedo en Ourense, me doy una vuelta por sus baños, me deleito con más pinchos y vuelvo a tiempo para el cumpleaños de mi hermano? Con este pensamiento me quedo un rato en la salita del albergue, observando lo que viene al día siguiente…ya sólo quedan unos 110 kilómetros hasta Santiago. Pero 110 kilómetros a la gallega. Yo calculo los pueblos donde nos podemos quedar para afrontar el domingo la llegada a Santiago con tranquilidad, un día antes de lo previsto.

Ya de vuelta al Albergue aún podemos sacar alguna foto más

Cosas de los Caminos: Más sobre equipajes. Alforjas y distribución

Una de las preguntas habituales antes de hacer un camino es ¿Qué tipo de alforjas me llevo? Y una vez que las tienes en tu poder ¿cómo meto todo esto ahí dentro?
No voy a hacer aquí una disertación sobre alforjas, porque el tema da para un artículo entero y por alguien más experto, pero sí un par de ideas sobre las que no tengo solución, sino que tal vez vaya en gustos.

Una de las elecciones de las alforjas es si tienen que ser estancas o de cremallera. Antes de este viaje, y si hubiera sabido que iba a llover tanto, me habría decantado claramente por las estancas, que llevábamos Jesús y yo. Sin embargo, no sé si es que Fernando es tan apañao, o qué, pero lo cierto es que su ropa no se mojó. ¿Cómo lo consiguió? Con bolsas de basura por fuera, y con bolsas por dentro.

Las alforjas que llevamos Jesús y yo, además de ser estancas tienen diferentes tipos de enganche. Las de Jesús se agrarran por completo a la barra del trasportín, y se sacan de forma casi inmediata. Las mías se sacan con la misma inmediatez, pero no se agarran completamente, lo que en un buen salto o bache, puede suponer que salgan disparadas (apenas me ha ocurrido). Tanto las de Jesús como las mías se enganchan además en los laterales del trasportín, para que no salten. Hace ya tiempo que perdí esos enganches, así que los he sustituido por un pulpo (un imprescindible). Y en este viaje, Jesús tendrá que hacer lo mismo, porque va perdiendo los tornillos. Las de Fernando, sin embargo, se enganchan en lo alto del trasportín. Son ideales para trasportines que se anclan a la tija, aunque no exclusivas. Son muy cómodas de sacar.

Por último, las de Fernando tienen maletas en los laterales de menor tamaño, pero también una maleta sobre el trasportín. Eso te permite distribuir tu equipaje de forma más equilibrada. Las mías y de Jesús, van solo a los laterales. Eso te permite, dejar la parte superior del trasportín para añadir cosas que vas encontrando por el camino, con tu pulpo de redecilla, ya sean flores que te regalan tus amigos, como una chaqueta, como la comida que vais a comer durante el día.

Hay más tipos de alforjas, y de enganches, pero como digo, para la disertación del un experto….Sin embargo, algún consejo que puede servir para distribuir tus alforjas, hablando desde mi ignorante experiencia. En las alforjas estancas lo que metas en tus alforjas puede llegar a ser un caos, más si eres una persona desordenada como yo. Por eso es necesaria la organización. La primera recomendación, es repartirlo en bolsas de tela de cada cosa: por un lado la ropa de “no bicicleta”, por otro la de bicicleta, por otro lado las herramientas, las cosas, de aseo, la toalla aparte, y en una bolsa las chanclas. Abajo del todo lo que menos vayas a usar, y más pesado, que suele ser el saco de dormir, y la esterilla, si la llevas (bueno, esta puede ocupar la mitad de la alforja).

Así, en una de mis alforjas, a la que pongo un distintivo (una calabaza que me regaló Marcelino saliendo de Logroño), le meto todo lo que tiene que ver con ropa, saco de dormir y baño. Abajo el saco, encima una bolsa con ropa, al lado otra, y en el lateral las chanclas. Si lo consigo aquí pongo también los champús y la toalla. Se supone que esta alforja es la que no abriré durante el camino, y que a mi llegada tendrá todo el despliegue de lo que necesito: saco sobre colchón y ropa de dormir (esta algunos no la llevan), ducha y ropa para cambiarme.

En la otra alforja intento llevar los útiles que sí se pueden usar por el camino, y lo que no entre en la otra… Cuaderno, perfiles, papel higiénico, crema solar, ropa de lluvia y chaqueta y/o camiseta térmica (depende de la época del año). Una de las cámaras de repuesto, bridas, todo eso en una bolsa. Botiquín. Accesorios tecnológicos, como cargador, pilas, ladrón (si lo llevo, esta vez lo llevaba Fernando). Las bolsa de aseo (salvo champús la llevo en la otra). Según el tipo de día que haga, unas cosas van más arriba que otras.

Y en la bolsa de manillar, esas cosas que quieres coger de inmediato. En la parte superior, documentos y monedero, si llueve metidos en una bolsa zip. Dentro, la cámara, lo más accesible posible para “cazar” los momentos, Para que no ocupe mucho espacio no llevo su funda, sino un guante de algodón. Una bolsa con pasas, frutos secos, un bolsillo con cepillo de dientes y pasta... En un lateral, kleenex o toallitas o las dos cosas. Cacao protector solar, colirio para los ojos (estos dos últimos, para los que sufrimos consecuencias del sol y del viento), una navaja, gomas de pelo.

Parece mentira, pero todo esto cabe, y a veces, como digo, con esterilla, olla, hornillo…Lo que sí está claro es que la mayor parte de los días te tocará hacer y deshacer alforjas casi al completo, y que esto lleva algo de tiempo. 


¿Quieres seguir la historia? Aquí tienes las otras etapas:

Etapas 0 y 1, Etapa 2, Etapa 3, Etapa 4, Etapa 5, Etapa 6, Etapa 7, Etapa 8, Etapa 9, Etapa 10

No hay comentarios :

Publicar un comentario